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Ansó I, “Mi primer viaje”

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Ansó (r)

Ansó I, “Mi primer viaje”

Tenía 20 años, cuando viajé a Ansó por primera vez en  los días finales de agosto de 1967 con mis amigos Paco, Marcos y el Citroën dos caballos de su familia, que con su techo de lona abierto se convertía en un divertido y pequeño descapotable.

Ellos eran estudiantes universitarios. Yo trabajaba  en el entonces Banco de Aragón, que reservaba mi plaza mientras cumplía, en Zaragoza, el obligado servicio militar del que disfrutaba unos días de permiso de verano.

Apenas se viajaba entonces, hace casi 50 años, y mi encuentro con estos valles del Pirineo aragonés más occidental fue deslumbrante. Viajamos por la tarde con un calor sofocante, pero  al atravesar el puente de hierro, sobre el pantano de San Juan de la Peña, un aire más fresco nos anunciaba que habíamos superado el Ecuador del recorrido y quedaban atrás las tórridas tardes de agosto de los aragoneses del llano.

En Ansó nos esperaban otros amigos de Fraga, Vicente y Carlos, también universitarios en Zaragoza. Ellos si podían pasar allí todo el verano en la casa familiar de su madre, ansotana de nacimiento. Nosotros llevamos nuestra tienda de campaña y practicamos una acampada libre, en un prado cerca del río. No sé si entonces se permitía, o si consultamos permiso previo,  pero en cualquier caso, si cometimos infracción, confío habrá caducado.

Empezaba a oscurecer cuando llegamos. Ansó, a nuestra izquierda desde la carretera, emergió al doblar la curva ligera de la entrada. Su iglesia, de sólida y espectacular presencia domina imponente la arquitectura urbana. A sus pies, la escuela de la villa y el rostro de las casas que miran al este, se recortan  sobre un frondoso monte de verdes cambiantes con la luz y que, poblado de hayas, va mudando el color de su  vestuario con las estaciones.

La villa ha mejorado mucho urbanísticamente desde entonces, las casas son más nuevas, más cómodas, pero mantienen la esencia, la arquitectura,  y como sus calles empedradas su personalidad inalterable. La imagen de la entrada que describo de hace 50 años y que conservo en mi memoria, apenas difiere, creo, de la que reproduzco arriba, acuarela muy posterior en el tiempo que relato.

Así se inició mi primer encuentro con Ansó. En próximos capítulos de este cuaderno ansotano presentaré imágenes pintadas de la villa, de sus calles, del ambiente y del entorno, que es el mío cada verano, con breves textos descriptivos.

Hasta la próxima cita, en la Plaza Manato.

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