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Viaje a Austria IV: Innsbruck

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Viaje a Austria IV: Innsbruck

Día 10 de septiembre 2016, sábado.

Innsbruck, capital de la provincia del Tirol, fue en la Edad Media protectorado de Baviera para pasar a formar parte del Ducado de Austria en 1363.

La ciudad, combina la naturaleza agreste de sus elevadas cimas alpinas con la exquisita belleza de sus palacios barrocos y grandes iglesias.

Fue la ciudad predilecta de los Habsburgo cuando en el siglo XIII accedieron al poder en Austria. En el XV, alcanzaría su máximo esplendor al trasladar Maximiliano I a la ciudad el centro político y artístico de su imperio. De esa época data el “Tejadillo de Oro”, hoy símbolo de Innsbruck, con el que Maximiliano (1451/1519) viudo de María de Borgoña, quiso deslumbrar a su nueva esposa Blanca María Sforza, hija de los duques de Milán. Matrimonio muy conveniente, por el refuerzo económico que le suponía al Habsburgo. Es el tejadillo, revestido de oro, una especie de palco sobre la plaza principal de la ciudad, para que la rica milanesa contemplara desde allí los fastos que le organizaron como bienvenida.

Como la historia de los reinados europeos siempre se enlaza, el citado Maximiliano I, con su primera esposa, María de Borgoña, fueron los padres  de Felipe el Hermoso y Margarita de Austria. El apuesto Felipe es, naturalmente, el que se casó con nuestra doña Juana, hija de los Reyes Católicos, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla.

En la dinastía de los Habsburgo, habría otro Maximiliano I, de Méjico en este caso (1832/1867). Hermano del emperador Francisco José I (y cuñado por tanto de la emperatriz Sissi) se casó con Carlota Amalia de Bélgica, hija de Leopoldo I de Bélgica, a quien debía parecerle flojo partido para su hija, que no fuera  emperador, ni siquiera rey. El destino, una vez más, trágico, de los últimos Habsburgo reinantes lo llevaría a ser emperador de Méjico, donde acabaría, con 34 años, fusilado en el cerro de Las Campanas, escena que el pintor Manet interpreta en uno de sus cuadros, titulado precisamente así “Fusilamiento de Maximiliano I”.

Por esas, a veces interesadas  incoherencias de la política, Méjico que había conseguido la independencia de España, y se había desembarazado de un reinado que estaba en ultramar, su gobierno republicano y conservador de Méjico buscó un rey que les diera empaque y al que pensarían manejar. En Francia, Napoleón III, en connivencia con España e Inglaterra y respaldados por ese gobierno conservador mejicano nombraron emperador de Méjico a Maximiliano. El cariño que el Habsburgo le tomó a Méjico duraría poco y siendo socialmente más avanzado, al parecer, que los conservadores de Méjico, pronto perdió su favor, y también el apoyo de Francia. La nueva Revolución mejicana de Benito Juárez acabaría con su breve reinado y con su vida. Pudo haberse marchado, pero no lo hizo. A su esposa si la envió de vuelta, que suplicó, sin éxito  apoyo en Europa, especialmente a Eugenia de Montijo, la española esposa del emperador Napoleón III de Francia.

Benito Juárez no se apiadó, y solo regresó el cadáver a Viena de ese breve emperador de Méjico, que lo fue de 1864 a 1867. Su esposa, aunque mentalmente desequilibrada por la experiencia,  viviría 60 años más, declarada oficialmente loca y confinada en el castillo de Bouchet, en Bélgica, donde murió en 1927. Parece, que en sus breves periodos de lucidez, buscaba al emperador.

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De vuelta al tiempo presente, en Innsbruck el  10 de septiembre de 2016, disfrutamos un día plenamente veraniego, con un calor hispano que nos permitió mantenernos de manga corta en nuestra subida con el funicular y los teleféricos a más de 2.000 metros de altitud y contemplar desde las terrazas de la cima, la espectacular vista de la cadena montañosa de los Alpes hasta un horizonte sin fin. Antes habíamos hecho un recorrido al otro lado del puente sobre el río Inn, que dan nombre a la ciudad (bruck en alemán significa puente). Nos elevamos sobre la ciudad, para una panorámica desde el entorno de las pistas olímpicas del esquí en salto.

Por la tarde, revisitamos el centro urbano, con la catedral, la Torre de la Ciudad, el Palacio Imperial, y otros edificios notables que se ubican en un entorno de dimensiones muy asequibles.

Antes de la cena, descansamos media hora en una de las animadas terrazas al aire libre de la Avenida María Teresa. Un pianista amenizaba el disfrute de la cerveza fría.

El dibujo asignado arriba, como imagen de cabecera, recoge ese momento de la tarde veraniega en Innsbruck. El monte verde al fondo de la avenida y en torno a la columna de Santa Ana, jóvenes sentados en sus gradas se toman un respiro.

Minutos antes de la cena, una fina lluvia aliviaría la calurosa tarde. Al día siguiente, por la mañana temprano partiríamos a Munich, en Alemania, para la salida desde su aeropuerto en un vuelo con destino a Barcelona.

 

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