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Viaje por el Cantábrico III: Santander

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Viaje por el Cantábrico III: Santander

Del 23 al 27 de mayo 2016

Reanudamos el viaje por la cornisa cantábrica.

Un viaje a Santander y provincia en un recorrido con evocaciones pasadas, con ecos de más de veinticinco años antes en veranos vacacionales. Nosotros, más jóvenes con nuestras hijas adolescentes,  sobre un R5 azul  sin aire acondicionado, cabalgamos peñas arriba en el interior, nos bañamos en sus playas a lo largo de la costa, entramos en los valles del Pas y el Besaya, visitamos cuevas rupestres, probamos el cocido de la Liébana, comimos purrusalda en los porches de San Vicente de la Barquera, y habitamos unos apartamentos junto a la costa, en San Vicente primero asomados a su puerto multicolor, divisando el paseo marítimo con las barcas varadas al atardecer en la marea baja y en  Noja, unos años después,  junto a la playa de Trengandín,   con amaneceres brumosos  de grises cálidos y oscuras rocas afiladas emergiendo en la bajamar, y su otra playa, la de Ris, de arena dorada frente al islote de San Pedruco, refugio de gaviotas, a la que puedes acceder andando durante la marea baja. Escapadas a Santander, la capital, para bañarnos en la playa del Sardinero y pasar la tarde por los parques y jardines de la Magdalena.

En esta ocasión, 25 años después, es un retorno más breve, más  sosegado y previsible, sin más sorpresas que el reencuentro con el siempre deslumbrante paisaje cántabro y una actividad sin playa, más repartida entre la cultura y la naturaleza.

La soleada mañana del 24 de mayo, a buena hora, cruzamos Santander en ligero ascenso, desde el paseo de Pereda y los jardines de Piquío,   hasta alcanzar el faro en una vista elevada sobre los acantilados y el mar abierto. Camino inverso después para incorporarnos a la península de la Magdalena y visitar el palacio, antigua residencia veraniega de la familia real, obsequio de la ciudad al rey Alfonso XIII y actualmente propiedad del gobierno cántabro y reconvertido en universidad de verano internacional con el nombre de Menéndez Pelayo, eminente filólogo e historiador santanderino.

El palacio es elegante y armonioso, un enclave privilegiado en la pequeña península. Punta  entrante en el  mar, rodeada  en sus flancos  por el Cantábrico, que entra dulce y plano en la bahía esa mañana clara y soleada.

La construcción es una acertada combinación de estilos. Aunque inspirado en la arquitectura inglesa, pretendiendo  probablemente familiarizarlo con  el origen británico de la reina Victoria Eugenia,  esposa de Alfonso XIII, contiene también elementos franceses y cántabros. En su interior,  visitamos tanto las adaptadas salas de conferencia actuales como los salones nobles que mantienen los mobiliarios originales y los cuadros de la familia real, entre ellos dos retratos  de Alfonso XIII y Victoria Eugenia pintados magistralmente por Sorolla y otros que reúnen a la familia real con sus hijos. Disfrutaron el palacio los veranos entre 1913 y 1930 que trasladaron, por abdicación y advenimiento de la República, su  residencia a Roma. En 1977, don  Juan de Borbón, conde de Barcelona, hijo heredero de los monarcas que mantuvo su exilio en Estoril (Portugal) vendería la propiedad al Ayuntamiento de Santander disponiendo que los terrenos anexos al palacio fueran un parque y espacio de recreo para los santanderinos.

Tras la visita, ya en el centro urbano de la ciudad, visitamos la catedral. Restaurada en gran parte tras el devastador incendio que en 1941 asoló Santander, mantiene su estilo gótico de reminiscencias románicas. Contiene las reliquias de sus santos Emeterio y Celedonio y está enterrado Menéndez Pelayo cuyo monumento mortuorio reproduce su cuerpo yacente. De la catedral, me impresionó especialmente su cripta, pequeña y sobrecogedora, de techos muy bajos que le confieren en su penumbra una carga intensa de recogimiento y soledad. Me gustó especialmente, en un ábside, una bellísima Piedad, en piedra policromada, que la información señala como copia de la esculpida por Gregorio Fernández.

Ya en el exterior, un descanso con copa de tinto y plato de rabas, un paseo por los jardines de Pereda al borde del mar, y por la tarde, tras la comida, desplazamiento a Liérganes, población balnearia de aguas termales en la Cantabria interior, con bellas casas palaciegas en piedra y un puente romano que no es romano, construido en 1587  y que en una de las rocas del río tiene una escultura dedicada al hombre pez, hidalgo de la villa, sobre el que la leyenda cuenta, que desapareció en el río cuando se bañaba para reaparecer  en Cádiz, años después, con extraña apariencia combinación de hombre y pez.

La imagen de cabecera, la ilustro con el dibujo a rotulador acuarelado que forma parte de mi cuaderno de viaje y que es mi interpretación del Palacio de la Magdalena.

Nuestro próximo encuentro cántabro en este blog, en Comillas, Santillana del Mar y las cuevas de Altamira.

 

 

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