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Zaragoza, cuaderno urbano IV – El Ebro y El Pilar.

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Zaragoza 003 El Pilar y Puente Piedra antiguo

Zaragoza, cuaderno urbano IV – El Ebro y El Pilar.

Hay muchas formas de asomarse a una ciudad y no siempre es imprescindible nuestra presencia. A mí, la literatura   me llevó hasta ellas muchas veces y hasta fue, con la pintura,  el motivo principal que me animó a visitarlas.

El escritor Anatole France, escribía sobre París, en una de sus novelas:

“Me gusta mirar desde mi ventana el Sena y sus muelles esas mañanas de un gris tierno que dan a las cosas una dulzura infinita./ He contemplado el azul del cielo que expande por la bahía de Nápoles su serenidad luminosa. Pero nuestro cielo de París es más animado, más benévolo…Sonríe, amenaza, acaricia, se entristece y se alegra como una mirada humana”.

Continúa después una descripción de los revendedores de libros que colocan sus cajas sobre el parapeto y establece bellas metáforas con sus figuras curtidas en la intemperie, con las estatuas y las catedrales, con las piedras y el río.

Tuve un amigo unos años más joven que yo, y tristemente fallecido, que se compró un piso en la orilla del Ebro próximo al Pilar. Lo disfrutó pocos años, pero con tanto entusiasmo, que cuando me describía sus vistas al río, a las cúpulas de la basílica y de la catedral y las sensaciones que le transmitía ese paisaje de su vida, unas veces luminoso, otros envuelto en la niebla o confuso tras las cortinas de lluvia,  me recordaba el capítulo de la novela al que pertenece ese fragmento del libro, titulado “El crimen de Silvestre Bonard”.

Mis ventanas no son tan afortunadas. Sin embargo, sí  que he visto el crepúsculo de cobre zaragozano hundirse en el Ebro más allá de los puentes, y las torres del Pilar recortadas en el contraluz. No hay revendedores de libros como en el Sena, pero alguna piragua de Helios avanza contra corriente mientras peatones y vehículos, en la superficie, aportan  ese movimiento ciudadano de la vida que late.

Ahora, jubilado de lo que fue mi actividad remunerada, y dedicado a pintar,  paseo lo suficiente para combatir el colesterol malo. Recorro parte de la ciudad andando y cruzo al otro lado, especialmente en sábado, día que  cambio de ribera para ver, en Helios,  patinar a mis nietas y jugar al baloncesto a mi nieto.

Siempre me detengo en la mitad del puente y contemplo el panorama del río que se pierde camino del delta. A veces, cansado de su viaje desde Cantabria se tiende perezoso bajo los arcos y permite que la Basílica del Pilar se refleje como en un espejo.  Otras, enfadado y furioso, su cauce turbio arrastra, embiste, invade.

El escritor Anatole France incorpora en ese capítulo antes mencionado, otro factor más al meramente descriptivo. Después de que sus ojos, asomado a la ventana al Sena, se pierdan por las colinas de Chaillot, contemplen el Arco de Triunfo, los jardines de las Tullerías, el Louvre y el Puente Nuevo, escribe:

“Todo eso es mi vida, es yo mismo, y yo no sería nada sin esas cosas que se reflejan en mi, con los mil matices de mi pensamiento y me inspiran y me animan. Por eso amo París, con un amor inmenso”.

Ciertamente, París es una ciudad bellísima, inspiradora. Sin embargo, una parte de la belleza también reside en nuestra forma de mirar. A las personas y a las cosas. A nuestros ojos mejora lo que amamos, lo que nos transmite, lo que nos conmueve. Por eso, creo que mi amigo, que había viajado mucho y asomado a muchas ventanas, la de su hogar le producía la especial sensación de lo que te es propio y forma parte de tu vida, de que esa torre mudéjar, esa basílica cristiana, ese torreón árabe o ese puente romano son parte de nuestra historia, de nuestra esencia. Son algo más que una bella panorámica.

Como Anatole France a París, él, de algún modo, quizás inconsciente, como nosotros, también  amaba a Zaragoza con un amor inmenso.

Gregorio REALES, pintor.

P.D.: La imagen asignada a la cabecera del Ebro y El Pilar, corresponde a una vieja acuarela que cuelga en un hogar amigo. Debí tomarla de algún libro, de alguna tarjeta, hay muchas similares y  no lo recuerdo, pero observo que el puente conserva sus viejas barandillas y hay un tráfico de vehículos, hoy limitado.

 

 

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